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sábado, 7 de mayo de 2011

La mano


Esa noche en el hospital fue un segundo nacimiento. Su madre la sujeto  durante toda la noche. Su mano era como un cordón umbilical, la mantenía sujeta a la vida, la alimentaba a través de descargas eléctricas. Su madre era ya una hermana gemela que había nacido en ese instante, había yacido también en esa cama fría.
A pesar de todo volvió a hacerlo, pero esta vez la mano ya no estaba con ella.

martes, 22 de febrero de 2011

Cómete mi corazón


No tengo agrafía secundaria. Tengo las letras pero no salen. Tengo este sabor ácido en la garganta. Este sabor amargo que sólo la culpa instala aquí, bien hondo.
No puedo contarte mi vida en tres palabras. No diré hola mi nombre es Marina, he intentado suicidarme, tengo 19 años, me he cortado el cuerpo para intentar sentir. Sí, el psicólogo dijo delirio de persecución, dijo debes dibujar, dijo siéntate, tómalo con calma, crece despacio, cambia de color. Pero nunca dijo por dónde tenía que empezar, cuál era el fin. Las historias aquí no comienzan de la misma forma. Nada se encuentra definido, el nudo, el desenlace. ¿Dónde cabe la falta de fe?  el vacío, la nada rodeándome, llenándome los ojos, acuchillando la carne despacito.
Tengo estas palabras que describen mi vida a grandes rasgos. Lejos. Bien ocultas. Al principio quería mostrarlas, ponerlas sobre la mesa, cortarlas en finos trozos, añadirles sal, aunque ardiera, aunque sintiera mi nombre en carne viva. Tantas veces sonreíste con esa mueca irónica o simplemente volteaste la cabeza. Sólo dejaste que el silencio me engullera, que su boca me absorbiera una vez más. Y otra vez tuve que andar a tientas, ciega, chocándome contra los muros, estrellándome contra los vidrios de ventanas rotas.
Aprendí que debía callar. Aprendí a llorar descalza, desnuda ante la lluvia pero ocultando el rostro. Me burlaré de mis heridas pero tú no serás testigo de esa risa.
Hace unos años, me acerqué a un par de chicas en el patio de la escuela. No sé qué me invitó a confiar en ellas, seguramente la desesperación o la estupidez, comencé a contarles que no estaba bien, que el psicólogo no ayudaba, mi reflejo seguía deformándose, la relación con mi madre iba a peor. Una de las chicas se llamaba Claudia, sonrió con ojos tristes, me dijo que no era normal presentarse a alguien de esa forma. Entonces yo no lo sabía.
Esto es un aprendizaje difícil, aprender a arrastrarse y a reptar para que aplaudas, para que me des una palmadita. No quiero la pimienta sobre mi carne áspera, no quiero el tomate, la cebolla, no quiero que reduzcas la acidez de mi carne. Ni que quites las plumas, que limpies las vísceras, que uses aceite de oliva extra virgen.
Déjeme a mí cocinar el plato, deja que la amargura repose, se asiente, que la hiel me macere despacio. Quiero cortar grandes trozos de carne. Batiré la sangre, añadiré los huevos y la nata, podrás disfrutar de un postre delicioso. Cómete mi corazón, pero no escupas el veneno, se ha mantenido allí dentro durante tantos años que su delicado sabor añejo es una muestra del arte culinario. No desperdicies nada, aunque estés lleno, los niños que mueren de hambre están muy lejos de tu casa, de nada serviría arrojar migajas por la ventana. Mastica despacio, quizá también absorbas un poco de la grasa, un poco de perfume de canela y de zapote, un suave sabor de tamarindo y chocolate, un olor de mango, la textura del maíz, del cacao, las semillas de calabaza. Paladea, mueve la lengua despacio y no pierdas la furia, el ligero crujido que lo inunda todo, que te deja ese sabor de coágulos en la garganta, de vísceras podridas y escandalosos ruidos.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Cecilia

Cecilia pertenece a una raza de gigantes, expertos en deslizarse a través de escaleras mecánicas. Los ruidos la hacen estremecer. La desconciertan los chillidos de los trenes, el tintinear de los cubiertos de su madre. Entonces comienza a dar saltitos, gritos ahogados, su garganta se cierra, se asfixia. Mamá grita y llora. Lo mejor es no salir de casa, ahí están las burlas, las miradas.Cecilia  vive bajo sospecha. Su madre repite una y otra vez  cada palabra, da instrucciones con insistencia, tanta que ella las olvida con facilidad. Se desbarata.
Aquí dentro están las pesadillas, engrandeciéndola, estrechándola. A veces aparecen perros, intentan devorarla, perros negros más grandes que ella, uno se acerca y la muerde. Es diminuta, los dientes se cierran sobre su hombro, lucha, introduce su otra mano en esa enorme boca. Usa toda su fuerza e intenta separar una mano de la otra, siente la mandíbula desencajarse, siente el crujir del paladar. Los huesos se separan, los ligamentos, trozos de tejidos cuelgan esparcidos por el piso, el animal aún respira, la mira sin ojos, irreconocible en esa maraña de sangre esparcida por el piso. Cecilia despierta, no puede respirar, su mano está tan dentro de su garganta, duele. Tose, el  vómito sube hasta su boca, llora, recuerda con nitidez las sensaciones, el olor desagradable de la sangre, de la muerte,  el aliento fétido.  No se lo dice a madre, no quiere despertarla y calla, llora en silencio, es necesario.
En otra pesadilla aparece ella, mutilada, delgada, escurridiza, tiene los huesos pegados a la piel, le es imposible levantarse, el peso de su esqueleto es demasiado grande, su cabeza es de tamaño normal y pesa mucho más que su cuerpo entero. Entonces aparece de nuevo,  Cecilia, sin alterar sus proporciones. Se miran con odio, sus rasgos se han descompuesto por completo. La extraña, la enferma abre los labios, deja salir un líquido viscoso. Son una misma, lo saben, piensa que debería sentir lástima de ese cuerpo deforme. Sin embargo, se acerca, se refleja dentro de esos ojos incendiados y usa todas sus fuerzas, el cuello cruje, la lengua cede y se escurre fuera de la boca. Entonces introduce sus manos dentro de esa boca, siente los órganos cediendo a la violencia de las manos. Los ojos ya no odian; suplican, gimen, se reconoce por completo en su propio rostro y sin embargo  tira, desgarra su carne, los músculos se abren, se separan, los huesos crujen, la mandíbula se rompe, su cabeza se parte en dos mitades, una masa informe, roja y gris escurre entre sus manos. Sonríe satisfecha. Entonces se despierta, quita los dedos de su garganta, tose, el esfuerzo la obliga a vomitar. Se acurruca sobre la cama ¿Dónde está mamá? Recuerda, mamá se acerca, la ha atado a una silla, coloca la plancha cerca de sus piernas, mamá sonríe, la educa,  le enseña a huir, le enseña a no incendiarse. La plancha arde sobre la piel, se funde en esa placa metálica. ¿Dónde está ahora? mamá la ha cuidado, la ayudó a huir de la fatalidad, le ha enseñado a verse con claridad, a saber que a pesar de su aspecto repugnante los demás pueden sentir lástima. Grita, la busca, pero mamá no acude ¿Quiénes son esos hombres que la atan a la cama? ¿Quiénes son estos hombres de blanco que la sujetan para impedir que asfixie a esa que aparece por las noches?


orquidea psicopata